
No me malinterpreten más de la cuenta si les digo que de la Esteban, como del cerdo, es aprovechable casi todo. Desde su protésico costillar, reconvertido ahora en tuneado tabique nasal, hasta sus más sonadas ausencias. Y si no que se lo pregunten a la mismísima María Teresa Campos, esa profesional de reconocido prestigio que el pasado sábado, obligada sin duda como lo estaba por las franquiciables circunstancias de su querida Telecinco, se las vio y se las deseó para sacar adelante como pudo el especial dedicado a la de San Blas en una tarde en la que, contra todo pronóstico, la Esteban brilló como nunca por su inexcusable ausencia.
Sin "princesa del pueblo" que echarse al corrillo, el programa de la Campos terminó resultando un sinsentido de principio a fin. De nada sirvieron las nocheviejunas anécdotas de Parada, ni los verbeneros numeritos musicales metidos con calzador, ni el absurdo homenaje a una encantadora viejecita de discutible talento, ni las buenas intenciones del resto de tertulianos, ni las inevitables referencias a la pobre Marisa Naranjo, ni, por supuesto, todos esos vídeos mil veces vistos y exprimidos sobre la vida y milagros de la ex de Jesulín. Al final, y por mucho material de relleno que intentaron meterle al asunto, la Esteban acabó dando la campanada una vez más al dedicarle un sonoro plantón a una María Teresa Campos a la que se le adivinaba de lejos lo mosqueada que estaba. De ahí tal vez que a la veterana presentadora le diera por recordar desde la distancia a tan barrioaltanera señorita que fue ella y no otra la primera periodista que la entrevistó en la tele en riguroso directo cuando esta "madre coraje" de baratillo todavía no era nadie (o cuando todavía era alguien, y no una grosera caricatura de sí misma).
La verdad es que después de lo del sonrojante duelo a muerte con Peñafiel (viejo amigo por otro lado de la Campos), a Belén Esteban tan sólo le faltaba lo de las uvas a pie de campanario en plena Puerta del Sol para terminar de subirse a la parra y creerse el ombligo de España. Visto de ese modo, y comprobado el mucho espacio que dedicaron esa misma noche los Informativos de Vasile a tan prescindible noticia, mucho me temo que con las campanadas de Telecinco, más que entrar en el 2010 o en una nueva década, hemos terminado aterrizando de lleno en el Año Uno de la Era Esteban ¿No decían que la crisis iba para largo? Pues a ver cómo salimos de esta.

TVE nació, en 1956, como «televisión de pago». Existía entonces una tasa por la tenencia y uso de receptores de radio y televisión que cobraban los carteros y que, dado el coste de su recaudación, superior a la cantidad recaudada, suprimió Manuel Fraga Iribarne al llegar al Ministerio de Información y Turismo. Aún así, desde sus primeras emisiones en Madrid, con un alcance de media docena de kilómetros y poco más de seiscientos televisores en funcionamiento, TVE incluyó publicidad en sus programas. Tengo viva en la memoria la imagen de José Luis Uribarri, pertrechado con una trinchera a lo Humphrey Bogart, paseando -en vivo y en directo- por el pequeño y único plató del Paseo de la Habana mientras un auxiliar de atrezo, encaramado en una escalera invisible, le mojaba desde lo alto con una regadera. Uribarri, vuelto a cámara, decía solemnemente: «Para el otoño madrileño, gabardinas Butragueño». Seguía a continuación la primera serie de producción norteamericana que se emitió en España, Patrulla de caminos (Highway Patrol), protagonizada por Broderick Grawford.
Desde entonces hasta hoy la publicidad comercial, más incluso que la propaganda política, ha sido inseparable de TVE. Ha marcado gustos y consumos y su influencia estética y «formativa» ha sido determinante en el más de medio siglo transcurrido. Tanto es así que, personalmente, solo tengo al escribir una duda ortográfica: ¿cómo se escribe espléndido?. Se deriva de un spot antañón del Brandy Espléndido Garvey en el que, para fijar la marca, la imagen corregía el «espléndido» inicialmente escrito con equis.
Las cosas han cambiado. Previamente a las campanadas que prologaron el Año Nuevo, TVE emitió su último anuncio -alegóricamente, una tarjeta de crédito- y ya no habrá más publicidad en sus programas. Pasa a financiarse con cargo a sus competidores privados, tanto en abierto como de pago, que satisfarán al monstruo público un porcentaje de sus ingresos brutos y, hasta un máximo de 1.200 millones para 2.010, el Presupuesto -es decir; los contribuyentes, como quiso ser y no fue en sus orígenes- cubrirá el resto de sus gastos.
Todo esto tiene un significado social, económico, político y también programático. No será fácil para los realizadores de la gran televisión pública cuadrar los horarios de su parrilla. Las fábricas mundiales trabajan para unas programaciones-soporte de publicidad y sus medias horas tienen 26 minutos y sus horas solo alcanzan los 52. Asistiremos en consecuencia, a largas letanías promocionales de los programas e infinidad de campañas cívicas, de esas en que se nos dice que no hay que pegar a los viejecitos ni meter los dedos en la sopa. Nos quedaremos sin el talento desbordado y creador que, concentrado en unos pocos segundos, ha sabido vendernos un refresco o un automóvil, un polvo de lavar o un sopicaldo: los anuncio de la tele. Muchos de ellos, mejores más inteligentes y formativos que los programas propiamente dichos. Y, además, los efectos diuréticos negativos que resultan previsibles...

Cuando pronunció la galáctica frase «Andreita, coño, cómete el pollo», aún estaba lejos de convertirse en la choni número uno de España, un título que le ha dado más alegrías que a una miss lo suyo y le ha aupado a la peana de la reina del pollo frito, sin tener que hacer una banda de punk-rock como tuvo que hacer Ramoncín para alcanzar el mismo título. El de Vallecas, para certificar su liderato, se escribió el «Diccionario de términos chelis», pero ella, más lagarta, ha decidido que lo suyo es mover el tacón, lo mismo por los platós, los juzgados, que los quirófanos, en busca de un papel en una película de Almodóvar del que, por si cuela, ya se ha declarado devota. «De San Blas al cielo» podría titularse la peli, en la que la Esteban interpretaría a cualquier novia de Paquirrín, o a una Paris Hilton de andar por casa, con la que coincide en frases tan lapidarias como ésta: «No sé muy bien lo que soy... Soy una actriz, una marca, una mujer de negocios; soy todo tipo de cosas».
Al igual que la Hilton, el fenómeno lleva camino de convertirse en planetario. Primero fue la separación, y luego vinieron la reconciliación, el «yo por mi hija maaaa-to» y la operación de cara... pero nos queda por ver el embarazo, el retoño, el divorcio, el lifting, el nuevo novio, un rosario de aconteceres de interés público nacional, que le seguirán nutriendo la caja registradora sobre la que se ha sentado, sobre una alcantarilla. Confieso que espero con devoción que lance su marca de perfume. Prodigio de futuro que le espera. Ahora, con un solo gatillazo, ha conseguido ser la segunda búsqueda que más crece en Google, sólo superada por la muerte del jugador Chirs Henry. Google dice que los términos más buscados son «belén esteban nariz», seguido de «nueva belén esteban». ¿Qué decir? Pues... ¡cómete una paraguaya!, por ejemplo. Somos un país de gente intelectualmente inquieta -como se ve- y, sexualmente satisfecha -como hemos conocido-. Los problemas son para el CIS que los escruta. ¡País de chonis!

No se le podía haber ocurrido a José Mota, para su especial de Fin de Año en La 1, mejor título: Con el vértigo en los talones. Este escalofriante homenaje a Alfred Hitchcock habrá hecho removerse en su tumba al mago del suspense. Claro que, para vertiginosas, la ausencia omnipresente de Ramón García en esa noche que parecía de su propiedad, y la presencia avasalladora de Belén Esteban, con el vértigo en los tacones y en plan Joven Dama Indigna de la Nochevieja, dicho sea sin ánimo de ofender, sino todo lo contrario.
En comparación con el resto de las ofertas, la de la cadena de Fuencarral con Belén Esteban era, con diferencia, la más loca, la más incandescente, la más guerrera, la más, digamos, retromoderna. Aquello prometía cualquier cosa menos glamour y lujo, pero toneladas de desenvoltura, ratonería, comadreo y retintín. Y cumplió, vaya que si cumplió.
La retrasmisión de Telecinco fue un especial de Sálvame en toda regla, sin duda por obra y gracia de un Jorge Javier Vázquez -Premio Ondas, no lo olviden- en su maravilloso papel de «yerno que ninguna madre querría tener»; ninguna madre aburrida, se entiende.
El mismo formato suelto, un poco descosido, abarrotado de personal, con alguna pieza de atrezo insólita, como esa especie de mesa camilla medio funeral, llena de velones y fotografías de difuntos, a medio camino entre el vudú y el altar de exvotos.
Lo más parecido a un cuarto de estar de cualquier honrado piso de San Blas, o sea. Fran, el marido de la debutante, parecía emparedado entre el abrigo beige, la caballerosidad y el desconcierto. Mientras, la Esteban, venga a salir al balcón a saludar a sus descamisados, majestuosa como una aplicada princesa de origen plebeyo, adornada por una campechanía casi borbónica, vestida de azul, con el vértigo repartido entre el escote delantero, el trasero y el calcañal envasado en unos peep toes medio letizios, rezumaba desparpajo y gratitud e inevitables lágrimas con su estilo característico, porque su boquita podrá parecer ahora irreconocible si está cerrada, pero si la abre es su boquita de toda la vida. Por eso, cuando dijo que también ella llevaba, como manda la tradición, algo rojo debajo del vestido, me temí lo peor, pero se refería a una liga. Ni que decir tiene que, entre tantas amenidades, lo de las campanadas y las uvas, despachadas con campechana solvencia, casi fue lo de menos.
En La 1, una Anne Igartiburu ya tan institucional que parecía vestida por Patrimonio Nacional, echó el resto ante la envarada fatiguita de Manuel Bandera, que, según él, se había pasado el día apartado del mundanal ruido, móvil apagado y reconcentrado en el guión (?), con un sentido de la responsabilidad que se le notó más de la cuenta. En Antena 3, Antonio Garrido, en un lapsus freudiano, confundió Jubileo con jubilación. La oferta de La Sexta era tan rara que se me pasó, y de Cuatro me desentendí en cuanto comprobé que faltaba la chica de la función, porque ninguno de los dos Manolos, que se lo estaban pasando en grande en Suráfrica, iba travestido de Anita Obregón o similar.
De los programas previos a las campanadas, de justicia es destacar el de Mota, en La 1, más que nada por el poderío de la producción. El problema de lo que hace José Mota es similar al de esos cómics de grafismo suntuoso y virtuosísimo, pero que piden a gritos un poco más de ingenio y afine en el guión. Así y todo, tuvo, como es habitual, imitaciones brillantes -la de María Teresa Fernández de la Vega, por ejemplo- y momentos inspirados, como el muy irreverente, para los cinéfilos, de la ducha de Psicosis, o el de la publicidad en los telediarios. En los programas con los actores de Cuéntame... noté el vértigo de la ausencia paraconyugal de Pastora Vega y de los insistentes recordatorios de la nueva orfandad publicitaria.
En Antena 3, el programa previo conducido por Óscar Martínez era una gansada de patio de colegio y un cancioncidio permanente a cargo, sobre todo, de ex triunfitos, en el que el mayor vértigo lo dio la presencia justiciera de un Falete tan señorona para la ocasión que ya no recordaba a Juana Reina sino a Montserrat Caballé. Del especial de Fama, ¡a bailar!, en Cuatro, si algo dio vértigo del bueno fue la actuación del padre ex culturista de una concursante y de la madre sandunguera de uno de sus compañeros, o al revés.
Después de las campanadas, puro refrito, salvo el bonito espectáculo, en la pública, de la Casa de Correos pintada en azules en homenaje a la presidencia española de la Unión Europea. En Telecinco al menos estaba Paz Padilla, con algún chiste encantadoramente naif: «¿Cómo se llaman los habitantes de Belén? Figuritas». Como soy fan de El Intermedio, el recopilatorio de La Sexta, cuando lo zapeaba, me hacía reír. Pero el premio gordo de toda la noche se lo doy sin pestañear -no en vano ya está uno carrocilla- a Feliz 2010, ese recordatorio en La 1 de Nocheviejas anteriores, tan encantador como el repaso de un viejo y adorable álbum de fotos, con momentos tan vertiginosos como un más que crudo Julio Iglesias cantando La vida sigue igual ¡con los brazos cruzados! Puede que esto sea lo que nos espera en la cadena pública -refritos sin cuento- a falta de la nutritiva publicidad, pero ojalá todo sea tan entrañablemente vertiginoso como eso.

La diferencia entre las campanadas de Anne Igartiburu/Manuel Bandera y las de Belén Esteban/Jorge Javier Vázquez es la misma que hay entre «Corazón de...» y «Sálvame». La que va del melifluo «Hola, corazones» al vehemente «Yo por mi hija ma-to». La que va de la aséptica realización de Hugo Stuven al striptease de los mecanismos de producción y el derribo de la cuarta pared.
También la que va del cuarto al quinto piso. En una especie de «13 Rue del Percebe», Telecinco estaba un piso por debajo en el mismo edificio. Por eso, Jorge Javier y Belén, los nuevos vecinos, reclamaban a gritos a la Igartiburu por el balcón: «Anne, Anne». Sin la más mínima intención de asaltar ningún palacio de invierno, sólo por seguir con el jolgorio de esa ocasión única en la que saludaban a la muchedumbre como si fueran Juan Domingo Perón y Evita. igual de peliteñida una que la otra.
Anne y Manuel eran como la gran vedette y su primer galán (Bandera no parece haber salido de la época de «Amar en tiempos revueltos»). Ella, un paso por delante siempre. Jorge Javier y Belén, juntos, parecían los actores cómicos de la misma revista. Vestida la de San Blas de Versace, sí, pero con unos zapatos de Zara. Por su parte, Anne Igartiburu apareció embutida en un vestido de Lorenzo Caprile con corpiño apretado (como la marquesa de «Águila roja»). Lo bueno del corpiño, al ser tan recio, es que si vas empitonada no se nota. Y el frío a la intemperie de La 1 (más intemperie que la de Telecinco) era como para ponerlos como gomas de borrar. La voz de Anne temblaba de frío (o acababa de subir corriendo los cinco pisos), aunque fue inaudible durante las campanadas. «Aquí está el carrillón» (Bandera). Y ella: «Los cuartos». A él también se le escapó un «La octava». Sin embargo, los otros, que recalcaron que no se iban a equivocar (habían ensayado quince veces), glosaron alborozados el ritual («El carrillón, el carrillón, el carrillón, el carrillón»), narraron los cuartos y cada una de las campanadas para luego saludar a toda la familia (Belén, también a su amiga Mariví). Igartiburu, que no es una estirada, gritaba «uh, uh, uh» igual que Belén. Otra cosa es que sea más fina e institucional. Aunque el momento «Bulgaria, Bulgaria, cómo no» fue muy Carmen Sevilla. Por supuesto, ni Belén ni Jorge Javier pronunciaron en ningún momento las palabras «presidencia semestral de la Unión Europea». Bailaron la conga cantando «Sálvame».
Fue una noche para acordarse de Guy Debord: «La lucha entre tradición e innovación, que es el principio interno de desarrollo de la cultura en las sociedades históricas, sólo puede continuar merced a la permanente victoria de la innovación». A la victoria del Pop sobre el Camp.