Viernes, 30 de Julio de 2010
La última noche del año no deparó gazapos televisivos ni grandes sorpresas, pero sí el contraste de dos estilos a la hora de narrar las campanadas
 
Opiniones

La noche de los vértigos
 

Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban apostaron por una desenfadada narración de las campanadas

No se le podía haber ocurrido a José Mota, para su especial de Fin de Año en La 1, mejor título: Con el vértigo en los talones. Este escalofriante homenaje a Alfred Hitchcock habrá hecho removerse en su tumba al mago del suspense. Claro que, para vertiginosas, la ausencia omnipresente de Ramón García en esa noche que parecía de su propiedad, y la presencia avasalladora de Belén Esteban, con el vértigo en los tacones y en plan Joven Dama Indigna de la Nochevieja, dicho sea sin ánimo de ofender, sino todo lo contrario.

En comparación con el resto de las ofertas, la de la cadena de Fuencarral con Belén Esteban era, con diferencia, la más loca, la más incandescente, la más guerrera, la más, digamos, retromoderna. Aquello prometía cualquier cosa menos glamour y lujo, pero toneladas de desenvoltura, ratonería, comadreo y retintín. Y cumplió, vaya que si cumplió.

La retrasmisión de Telecinco fue un especial de Sálvame en toda regla, sin duda por obra y gracia de un Jorge Javier Vázquez -Premio Ondas, no lo olviden- en su maravilloso papel de «yerno que ninguna madre querría tener»; ninguna madre aburrida, se entiende.

El mismo formato suelto, un poco descosido, abarrotado de personal, con alguna pieza de atrezo insólita, como esa especie de mesa camilla medio funeral, llena de velones y fotografías de difuntos, a medio camino entre el vudú y el altar de exvotos.

Lo más parecido a un cuarto de estar de cualquier honrado piso de San Blas, o sea. Fran, el marido de la debutante, parecía emparedado entre el abrigo beige, la caballerosidad y el desconcierto. Mientras, la Esteban, venga a salir al balcón a saludar a sus descamisados, majestuosa como una aplicada princesa de origen plebeyo, adornada por una campechanía casi borbónica, vestida de azul, con el vértigo repartido entre el escote delantero, el trasero y el calcañal envasado en unos peep toes medio letizios, rezumaba desparpajo y gratitud e inevitables lágrimas con su estilo característico, porque su boquita podrá parecer ahora irreconocible si está cerrada, pero si la abre es su boquita de toda la vida. Por eso, cuando dijo que también ella llevaba, como manda la tradición, algo rojo debajo del vestido, me temí lo peor, pero se refería a una liga. Ni que decir tiene que, entre tantas amenidades, lo de las campanadas y las uvas, despachadas con campechana solvencia, casi fue lo de menos.

En La 1, una Anne Igartiburu ya tan institucional que parecía vestida por Patrimonio Nacional, echó el resto ante la envarada fatiguita de Manuel Bandera, que, según él, se había pasado el día apartado del mundanal ruido, móvil apagado y reconcentrado en el guión (?), con un sentido de la responsabilidad que se le notó más de la cuenta. En Antena 3, Antonio Garrido, en un lapsus freudiano, confundió Jubileo con jubilación. La oferta de La Sexta era tan rara que se me pasó, y de Cuatro me desentendí en cuanto comprobé que faltaba la chica de la función, porque ninguno de los dos Manolos, que se lo estaban pasando en grande en Suráfrica, iba travestido de Anita Obregón o similar.

De los programas previos a las campanadas, de justicia es destacar el de Mota, en La 1, más que nada por el poderío de la producción. El problema de lo que hace José Mota es similar al de esos cómics de grafismo suntuoso y virtuosísimo, pero que piden a gritos un poco más de ingenio y afine en el guión. Así y todo, tuvo, como es habitual, imitaciones brillantes -la de María Teresa Fernández de la Vega, por ejemplo- y momentos inspirados, como el muy irreverente, para los cinéfilos, de la ducha de Psicosis, o el de la publicidad en los telediarios. En los programas con los actores de Cuéntame... noté el vértigo de la ausencia paraconyugal de Pastora Vega y de los insistentes recordatorios de la nueva orfandad publicitaria.

En Antena 3, el programa previo conducido por Óscar Martínez era una gansada de patio de colegio y un cancioncidio permanente a cargo, sobre todo, de ex triunfitos, en el que el mayor vértigo lo dio la presencia justiciera de un Falete tan señorona para la ocasión que ya no recordaba a Juana Reina sino a Montserrat Caballé. Del especial de Fama, ¡a bailar!, en Cuatro, si algo dio vértigo del bueno fue la actuación del padre ex culturista de una concursante y de la madre sandunguera de uno de sus compañeros, o al revés.

Después de las campanadas, puro refrito, salvo el bonito espectáculo, en la pública, de la Casa de Correos pintada en azules en homenaje a la presidencia española de la Unión Europea. En Telecinco al menos estaba Paz Padilla, con algún chiste encantadoramente naif: «¿Cómo se llaman los habitantes de Belén? Figuritas». Como soy fan de El Intermedio, el recopilatorio de La Sexta, cuando lo zapeaba, me hacía reír. Pero el premio gordo de toda la noche se lo doy sin pestañear -no en vano ya está uno carrocilla- a Feliz 2010, ese recordatorio en La 1 de Nocheviejas anteriores, tan encantador como el repaso de un viejo y adorable álbum de fotos, con momentos tan vertiginosos como un más que crudo Julio Iglesias cantando La vida sigue igual ¡con los brazos cruzados! Puede que esto sea lo que nos espera en la cadena pública -refritos sin cuento- a falta de la nutritiva publicidad, pero ojalá todo sea tan entrañablemente vertiginoso como eso.


Fuente: Eduardo Mendicutti – EL MUNDO, 2 de enero de 2010

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